
Lías cigarros aliñados. Me dejo liar, me dejo envolver. Me dejo encender.
Quemas una piedra prohibida, la deshaces con los dedos, la mezclas con el tabaco deshecho, la abrazas con un papel blanco, fino, casi transparente. Desprende un olor único, propio, característico. En el extremo derecho colocas la boquilla, y con la destreza que solo da la costumbre, formas un cilindro perfecto, preparado para prender, listo para consumir.
De tus labios a tus dedos, de los tuyos a los míos. El compartirlo crea entre nosotros una cadena invisible y tácita de bocanadas de humo que cada vez nos alejan más de la realidad y de las reglas de la compostura. Hasta que, sin saber muy bien cómo, solo queda una negruzca colilla.
Sin la cotidiana y anodina percepción del tiempo, liamos el día anterior con el siguiente.
Cervantes
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